La mañana era templada, y en el enorme edificio de los Sinisterra, el ambiente parecía transcurrir con normalidad. Secretarias caminaban con sus carpetas, teléfonos sonaban en las oficinas ejecutivas, y el brillo de los ventanales dejaba entrar un sol imponente que contrastaba con lo que estaba a punto de suceder dentro de una de las salas más imponentes del lugar: la oficina de Alberto Sinisterra.
Allison entró con paso firme, luciendo su impecable traje blanco marfil, el cabello recogido con