La noche cayó sin piedad. Era una de esas en las que el viento parecía arrastrar memorias, de esas en que la casa, aún con luces encendidas, se sentía vacía.
Leonardo llegó temprano. Subió directamente a su habitación, se duchó sin prisa, como si el agua pudiera borrar no solo el sudor del día sino también el cansancio emocional que lo tenía al borde. Se vistió con ropa cómoda, pero cuidada, como quien sabe que está a punto de enfrentar algo importante.
Bajó a la sala. El reloj marcaba las 9:13