La tarde había caído con una precisión casi cinematográfica. En el despacho de Leonardo Salvatore, la luz dorada del atardecer atravesaba los ventanales como si el universo mismo quisiera enmarcar la escena que estaba a punto de desarrollarse. Todo estaba en silencio, salvo por el leve zumbido del aire acondicionado y el tic-tac del reloj de pared, que parecía marcar el ritmo de una historia que llegaba a su clímax.
Leonardo estaba de pie, observando su reflejo en el cristal. Impecable. Traje o