La mansión Salvatore estaba envuelta en un silencio cálido, de esos que solo se sienten cuando el hogar es un refugio. Eran casi las ocho de la noche cuando Leonardo empujó la puerta principal. Llevaba el saco sobre el antebrazo, el nudo de la corbata suelto y el cansancio pintado en sus ojos. Aun así, apenas pisó la entrada, lo primero que buscó con la mirada fue a ella.
Y allí estaba.
Alanna apareció desde el pasillo, con un vestido de tirantes color perla que le rozaba suavemente los tobillo