El sol apenas comenzaba a colarse entre las cortinas cuando la señora Sinisterra se sentó frente al espejo. El reflejo le devolvió la imagen de una mujer que, por mucho tiempo, había cerrado los ojos a la verdad. Había amado a ciegas. Había sido injusta. Y hoy… como en los últimos días, sentía el peso de su culpa como una losa.
Sus manos temblaban mientras recogía su cabello con lentitud. No era un día cualquiera. No iba a una visita cordial ni a una reunión de compromiso. No. Hoy iba a dar un