El rostro de Alberto había perdido parte de su color. Mantenía la frente erguida, la mandíbula tensa, los puños cerrados sobre las piernas. Pero dentro de él, la tormenta era incontrolable. Ya no era solo una amenaza. Era un hecho. Había sido vencido con su propio juego: el silencio, la estrategia, la paciencia. El hijo del hombre que él arruinó estaba ahora en el escenario… devolviéndole el golpe con precisión quirúrgica frente a todo el mundo.
Leonardo bajó un poco la mirada. Respiró. Y sin b