Las luces del salón habían comenzado a atenuarse, no porque la ceremonia hubiera terminado oficialmente, sino porque el centro gravitacional del evento se había desplazado por completo. Los asistentes, aún confundidos, intercambiaban susurros, teorías, y miradas llenas de juicio o admiración. Nadie quería irse. Todos sabían que estaban presenciando el inicio de algo mucho más grande que una simple revelación empresarial.
Miguel Sinisterra caminaba con pasos firmes, casi violentos, abriéndose pa