La noche ya había caído sobre la ciudad, envolviendo la mansión Salvatore en un silencio pesado. El reloj marcaba las diez cuando se escuchó el leve crujido de la puerta principal. Las luces cálidas del vestíbulo apenas alcanzaban a iluminar la silueta de Alanna, que entró con movimientos pausados, el rostro casi oculto por el cabello suelto y el gesto impenetrable.
Había sido un día largo. No por las horas, sino por todo lo que cargaba dentro. Y aunque su cuerpo le pedía descanso, su alma segu