La mañana era gris y húmeda, como si el cielo también llevara dentro un nudo imposible de tragar. Alanna se bajó del coche con paso firme, el abrigo entallado a su cuerpo, el rostro impecablemente maquillado y una mirada que cortaba el aire.
Llevaba días acumulando silencio, masticando respuestas que no había dado, conteniéndose de romper o gritar. Pero hoy, por primera vez en mucho tiempo, no se sentía víctima. Sentía el poder de su apellido, de su posición, de su propia fuerza. Estaba cansada