Leonardo Salvatore sostenía la copa con la misma firmeza con la que sujetaba la atención de todos. Había esperado el momento preciso, justo después del tibio discurso del señor Sinisterra, en el que apenas mencionó a Alanna con una frase superficial, para levantarse. Su presencia imponente y su traje negro hecho a la medida lo convertían en el centro de todas las miradas. No pidió permiso. Simplemente se puso de pie.
—Me disculpo por interrumpir —comenzó, con voz grave y pausada—, pero no podía