Las luces cálidas de las lámparas colgaban como lunas doradas sobre el salón principal. El aire estaba impregnado de música clásica, risas controladas y copas de cristal que vibraban con cada nuevo brindis. La mansión Sinisterra rebosaba de poder y apariencias. Pero entre tanta opulencia, todos sabían que el verdadero espectáculo no era la fiesta… sino las personas.
Alanna avanzaba por el salón con paso firme, la cabeza erguida y la espalda recta, como si el mundo le perteneciera. Su vestido ne