Leonardo sostenía la mano de Alanna con firmeza. No como quien guía a alguien perdido, sino como quien camina junto a su igual. La fuerza de sus dedos entrelazados le transmitía seguridad, presencia… y algo más. Una mezcla de orgullo y posesión. Sabía lo que hacía al tomarla así: estaba dejándole claro a todos los presentes que Alanna era su esposa, y que estaba con ella.
La gran mansión Sinisterra, decorada con excesivo lujo, parecía una réplica moderna de un palacio antiguo. Las columnas esta