El amanecer llegó, pero para Alanna la noche había sido eterna. Apenas había cerrado los ojos tras la pesadilla. El eco de la voz de Leonardo aún resonaba en su mente, y su cuerpo temblaba con cada recuerdo de su mirada fría y dominante.
Bajó a desayunar con el rostro impasible, como si nada la perturbara. Sin embargo, al cruzar el umbral del comedor, su cuerpo se tensó al instante.
Leonardo ya estaba allí.
Sentado en la cabecera de la mesa con la actitud de un rey en su trono, bebía su café co