El sol de la mañana reflejaba con intensidad en los vidrios del edificio. La ciudad bullía con vida, gente que iba y venía, correos electrónicos zumbando en los teléfonos, relojes que dictaban el ritmo de una rutina exigente. Leonardo conducía con una mano en el volante y la otra sujetando con firmeza su taza de café. Revisaba mentalmente cada punto de su agenda mientras lanzaba miradas rápidas al reloj del tablero.
—Hoy será un infierno —murmuró, casi para sí mismo.
Alanna lo miró de reojo des