El cielo sobre Nápoles comenzaba a oscurecerse, tiñéndose con tonos anaranjados y violáceos que se reflejaban sobre el mar Mediterráneo. Alanna y Leonardo caminaban lentamente por la costanera, como si el tiempo se hubiese detenido para ellos. Cada paso que daban los acercaba más al final de una escapada inolvidable, a la inevitable realidad que los esperaba del otro lado del vuelo nocturno.
—¿Qué hora es? —preguntó Alanna, algo preocupada.
Leonardo revisó su reloj de pulsera sin apuro.
—Casi l