Miguel caminaba por el pasillo de mármol con el ceño fruncido y las manos cerradas en puños. A pesar de haber salido de la oficina de Alanna hace apenas un par de minutos, sentía como si hubiera sido arrastrado por un torbellino emocional. Su hermana no solo lo había rechazado, lo había destrozado con palabras heladas que aún resonaban en sus oídos como cuchillas: “Para mí, eres escoria.”
Se detuvo un instante frente al ascensor. Respiró hondo, apretó los labios y cerró los ojos. Debía recompon