Mundo ficciónIniciar sesiónLas 11:47 de la noche. Lisa no dormía.
No dormía desde que había visto a ese hombre en la calle. Desde que Anderson había entrado en su habitación con esa amenaza velada que le erizó la piel de una forma que nada tenía que ver con el miedo.
Alicia dormía profundamente en la cama de al lado, su respiración tranquila, ajena a la tormenta que se desataba en la mente de Lisa. Ella estaba sentada en la oscuridad, junto a la ventana, con un cigarrillo que había robado de una enfermera. No lo fumaba. Solo lo sostenía, dejando que el papel se consumiera lentamente mientras sus ojos rastreaban las calles vacías.
El humo se elevaba, fantasmal, dibujando siluetas que le recordaban los sueños.
Ese hombre. El de la calle. El de sus sueños.
No era coincidencia. Nada en su vida era coincidencia. Desde que despertó en ese coma, todo había sido una orquesta de movimientos calculados. Ella era la directora. O al menos, eso creía.
La puerta se abrió sin tocar.
Lisa ni se movió. Sabía exactamente quién era.
—¿No duermes? —preguntó Anderson, su voz cortante como vidrio roto en la oscuridad. Llevaba ropa de calle, un traje negro impecable. Acababa de llegar de algún lugar. Olía a lluvia y a poder.
—Los insomnes somos de noche —respondió Lisa sin girarse, sin bajar el cigarrillo. Era una provocación. Lo sabía. Lo hacía de todas formas.
Anderson cerró la puerta detrás de él. El sonido del clic fue definitivo, como una sentencia.
—Alicia no puede verte así.
Ahora sí se giró. Sus ojos se encontraron con los de él en la penumbra, y lo que Lisa vio fue exactamente lo que había estado buscando: hambre. Necesidad. Control luchando por no estallar.
—Alicia duerme como un bebé, Anderson. Los medicamentos la noquean.
Él avanzó lentamente. Cada paso era controlado. Se detuvo a menos de un metro de ella, lo suficientemente cerca para que ella sintiera el calor de su cuerpo, lo suficientemente lejos para mantener el juego.
—¿Sabes qué vi en la calle hace poco? —preguntó, su voz era baja a un tono que era casi una caricia—. A un hombre. Mirando esta ventana. Mirándote a ti.
Lisa dejó caer el cigarrillo a través de la ventana abierta.
—Soy nueva aquí. Quizás alguien te vigilaba.
—Nadie me vigila —susurró, tan cerca ahora que su aliento tocaba su mejilla—. Yo vigilo. Yo controlo. Yo...
Se detuvo. Sus ojos bajaron hasta sus labios.
—¿Quién eres realmente, Lisa Grimt?
Ella sonrió. Esa sonrisa frágil que había perfeccionado. Pero esta vez, algo diferente pasó. Un destello de algo real cruzó por su rostro. Algo que ella no había planeado.
—Alguien que sabe cuidar de sí misma.
—No —dijo Anderson, extendiendo una mano y rozando su mejilla con el dorso de sus dedos—. Eres alguien que está huyendo de algo. Alguien que miente cada palabra que sale de esa boca perfecta.
Lisa sintió el peligro.
—Entonces, ¿me delatarás? —preguntó, y su voz salió más ronca de lo que esperaba.
Anderson acercó su rostro al de ella. Sus labios estaban casi tocándose. Su respiración se mezcló con la de Lisa, quien sentía cómo su pulso aceleraba de forma que traicionaba todo el control que creía tener.
—No —murmuró contra su boca—. Porque algo me dice que tú y yo... vamos a tener un acuerdo.
El beso fue como un rayo.
Fue posesivo, exigente, como si Anderson quisiera devorar cada mentira que ella había construido. Sus manos bajaron a su cintura, apretándola contra su cuerpo con una presión que era casi dolorosa. Lisa intentó resistir, intentó mantener su fachada, pero su cuerpo tenía otras prioridades.
Sus dedos se hundieron en los hombros de Anderson, sus uñas rasguñando la tela de su camisa. Él gruñó contra su boca, un sonido profundo que hizo que algo en su interior se quebrara.
—Dime la verdad —murmuró Anderson, sus labios bajando por su cuello, rastreando ese punto que la hacía respirar entrecortadamente—. ¿Quién eres?
—No —jadeó Lisa, su cabeza se echada hacia atrás, exponiendo más piel para que él la reclamara—. No voy a decirte nada.
Él levantó la cabeza, sus ojos azules la miraban con una intensidad que la asustaba.
—Entonces, vamos a hacer esto de otra forma —dijo, y antes de que ella pudiera responder, sus manos bajaron, agarrándola por los muslos para levantarla.
Lisa gritó, sorprendida, pero él ya la había presionado contra la pared junto a la ventana. Sus piernas envolvieron su cintura instintivamente, sus brazos rodeanron su cuello. En la cama de al lado, Alicia seguía durmiendo, ajena a la guerra silenciosa que se desataba metros lejos de ella.
—Alicia... —susurró Lisa, pero Anderson no la dejó terminar. Sus labios encontraron su cuello, sus dientes rozando esa piel sensible que hacía que ella temblara.
—Ella no oirá nada —murmuró contra su piel—. Pero tú... tú vas a hacerme sentir, Lisa. Vas a bajar esas defensas y voy a descubrir exactamente quién eres.
Las manos de Lisa se movieron por su cuerpo, desabrochando botones, necesitando sentir su piel contra la suya. La tela de la camisa de Anderson cayó a un lado, revelando un torso definido por años de disciplina. Su cicatriz en el costado izquierdo. Evidencia de una vida que no era tan limpia como pretendía.
—Cicatrices —murmuró Lisa, trazando su dedo por la marca—. Todos tenemos historias.
Anderson la bajó lentamente, su cuerpo deslizándose contra el suyo de forma que hacía que ambos jadearan. Sus dedos encontraron el borde de la bata de la clínica que ella usaba, rasgándola sin ceremonia. El algodón fino cayó sin resistencia.
—Bonito —susurró, observando su cuerpo desnudo bajo la luz de la luna que se filtraba por la ventana—. Aunque imagino que bajo toda esa belleza, hay cicatrices que ni siquiera puedo ver.
—Cierra la boca, Anderson —siseó Lisa, pero sus ojos traicionaban su deseo.
Él sonrió. Ese tipo de sonrisa depredadora que le recordó por qué lo reconocía como lo que realmente era.
Sus manos continuaron el viaje, acariciando cada curva, cada cicatriz que Lisa ocultaba bajo esa fragilidad teatralizada. Ella jadea cuando sus labios encontraron la punta de su seno, succionando suavemente mientras su otro pecho era moldeado por su mano libre.
—Dios —gimió Lisa, incapaz de controlar el sonido. Anderson era experto. Sabía exactamente dónde tocar, cuánta presión ejercer, cuándo parar y dejar a Lisa al borde de la locura.
—Vas a ser mía —murmuró Anderson, sus labios bajaron aún más, trazando un camino de fuego por su vientre—. Completamente.
Sus manos separaron sus muslos, y antes de que Lisa pudiera protestar o mentir o hacer cualquier cosa, su boca encontró el lugar donde ella más lo necesitaba. Un grito silencioso escapó de sus labios, sofocado cuando Anderson cubrió su boca con su mano, recordándole que Alicia dormía a metros de distancia.
—Shhh —susurró, sus dedos entraron en ella mientras su boca continuaba su exquisito castigo—. Sé que eres fuerte. Sé que puedes guardar silencio.
El placer fue como una ola, imparable, llevándola a un lugar donde no había mentiras, donde no había planes de venganza, donde no había nada más que el sonido de su propia respiración acelerada y las manos de Anderson reclamándola.
Cuando no pudo más, Lisa lo empujó. Lo necesitaba dentro de ella. Lo necesitaba ahora.
Anderson se levantó, su respiración era tan irregular como la de ella. Se desabotonó los pantalones, revelando su poderío. Él la levantó nuevamente, sus cuerpos se encontraron en el ángulo perfecto. Cuando entró en ella, ambos dejaron escapar un sonido que fue mitad grito, mitad alivio.
—Dime... —jadeo Anderson, moviéndose lentamente, controlando el ritmo, haciendo que cada movimiento fuera una promesa y una amenaza—. Dime que eres mía.
—No —respiró Lisa, sus manos arañándolo, tirando de su cabello, necesitando más, más profundo, más fuerte.
Él aumentó el ritmo, más agresivo ahora, más apasionado. Sus labios encontraron su cuello nuevamente, marcándola, dejando pruebas de lo que acababa de ocurrir.
—Entonces, voy a demostrarte de quién eres.
El clímax llegó para ambos simultáneamente, una explosión de sensaciones que los llevó al borde y más allá. Lisa enterró su rostro en el hombro de Anderson para amortiguar su grito, sus cuerpos temblaron juntos mientras el mundo se desvanecía.
Cuando finalmente todo cesó, permanecieron así, unidos, respirando con dificultad en la oscuridad. Anderson aún la sostenía contra la pared y su frente descansaba contra la suya.
—Quien sea del que estés huyendo —murmuró—, no te encontrará mientras estés bajo mi techo.
Lisa despertó de golpe. Había sido un sueño, un terrible sueño.
—Mier... —exclamó para si misma en un susurro.
¿Qué le estaba pasando? ¿Qué le ocurría a su mente?
Lisa se sentó al borde de la cama. Sentía que la cabeza le daba vueltas y por primera vez en años, Melissa Hart —la mujer que había muerto en ese río— sintió algo peligroso.
Miedo. No de Anderson, ni de Geralt, ni siquiera de aquel hombre misterioso que sentía que la perseguía, sino de sí misma, porque mientras sus planes de venganza seguían su curso meticuloso, una nueva variable había entrado en la ecuación. Y esta variable tenía los ojos azules.
Lisa se quedó en la oscuridad, observando a Alicia dormir en la cama contigua. Lisa cerró los ojos. El juego acababa de volverse infinitamente más complejo y ella no estaba segura de poder ganar.







