El monitor cardíaco de Alicia emitía un pitido constante, un recordatorio metálico de que la vida pendía de un hilo de quimioterapia y voluntad. Lisa, sentada en la cama de al lado, observaba sus propias manos. Estaban pálidas, con las marcas de las vías intravenosas aún frescas, pero ya no temblaban.
El sueño con Anderson y el hombre de los ojos azules que la perseguía en sus delirios, se sentían peligrosamente real.
—Te mueves mucho cuando duermes —la voz de Alicia, aunque débil, cortó el sil