LA VERDAD EN LA OSCURIDAD

La puerta de la clínica se cerró silenciosamente tras la enfermera. Lisa permaneció en la oscuridad de su habitación, observando los reflejos de las luces nocturnas de la ciudad a través de la ventana. Sus ojos de hielo procesaban cada palabra que acababa de escuchar de Alicia. Los Vitolli. El apellido resonaba en su mente como una campana funeraria.

No fue una coincidencia, nunca lo fue.

Una hora después, un suave golpe en su puerta la sacó de sus pensamientos. Lisa se había cambiado de la bata clínica a un conjunto de pijama blanco que la enfermera le había dejado. Cuando abrió, encontró a Anderson: un hombre alto, de facciones aristocráticas, con una mirada que transmitía tanto autoridad como calidez. Su presencia imponente llenó el umbral.

—Quería conocerte personalmente —dijo con una sonrisa que no llegaba completamente a sus ojos—. Alicia habla muy bien de ti.

Lisa sintió una descarga eléctrica recorrer su columna. Debía medir cada palabra, cada gesto. Era un depredador, y ella reconocía a otro cuando lo veía.

—Eso es muy amable —respondió con una sonrisa dulce, frágil y vulnerable, perfectamente ensayada—. Alicia ha sido muy gentil conmigo. No sé qué haría sin ella en este lugar.

Anderson entró sin ser invitado, cerrando la puerta con seguridad. No era un gesto amenazante, pero sí poseedor. Lisa notó cómo sus ojos la escaneaban, evaluaban, buscaban grietas en su fachada.

—Dicen que despertaste de un coma prolongado —comenzó, caminando lentamente hacia la ventana—. Que tienes amnesia.

—Eso es lo que me han dicho los médicos —confirmó ella, manteniéndose firme aunque su corazón acelerado intentaba traicionarla—. No recuerdo casi nada. Mi vida anterior es un vacío.

Anderson se volvió hacia ella, sus ojos azules se clavaron en los suyos. Había algo de depredador en su mirada, pero también protector. La clase de hombre que controlaba todo a su alrededor y no toleraba sorpresas.

—¿Ni siquiera tu nombre?

—Lisbeth. Lisa Grimt. Es lo único que me vino a la mente cuando desperté.

La mentira brotó suave, segura, casi natural. Años de práctica, aunque Anderson no lo sabía. Él estudió su rostro durante unos segundos que se sintieron como eternidades, buscando una fisura en la perfección de su actuación.

—Es un nombre poco común —murmuró finalmente—. Bonito, aunque.

Se acercó más. Lisa tuvo que controlar el impulso de retroceder. Cuando Anderson estaba cerca, su olor —una mezcla de colonia cara y poder— la envolvía, la hacía sentir expuesta. Él tendió una mano y, sin pedir permiso, rozó un mechón de su cabello oscuro detrás de su oreja. El gesto fue íntimo, posesivo.

—Alicia es especial para mí —dijo, su voz bajó a un tono que era casi una advertencia—. Es mi esposa, y pronto tendremos una familia juntos. Cualquiera que intente hacerle daño será un problema para mí.

Lisa levantó la vista hacia él, sus pupilas se dilataron ligeramente. El mensaje era claro: era una amenaza disfrazada de presentación.

—Entiendo perfectamente —respondió, y para su sorpresa, no tuvo que actuar cuando su voz se quiebró ligeramente—. Solo soy una compañera de habitación. Nada más.

Anderson sonrió, satisfecho. Su mano descendió lentamente desde su cabello hacia su mejilla, acariciándola con el pulgar. El contacto era sorprendentemente suave, casi tierno, pero cargado de una intención oscura que Lisa sintió hasta en los huesos.

—Bien —susurró—. Porque si descubriera que hay algo diferente, algo que no me agrada sobre tu relación con Alicia... bueno, no sería nada agradable para ti.

Luego se apartó, como si nada hubiera pasado, como si no acabara de hacer una amenaza velada que le había erizando la piel. Se dirigió hacia la puerta pero se detuvo antes de salir.

—Ah, y Lisa —añadió sin mirarla—. Ten cuidado. Hay muchos peligros fuera de esta clínica para una mujer sola sin recuerdos. Es fácil desaparecer cuando nadie sabe quién eres realmente.

La puerta se cerró con un clic definitivo.

Lisa se dejó caer en la cama, su cuerpo temblaba. No era miedo, era adrenalina. Era el reconocimiento de un adversario digno. Anderson era un hombre que no dejaba nada al azar, que controlaba cada aspecto de su vida con precisión quirúrgica. Era exactamente el tipo de hombre que ella necesitaba estudiar, comprender, dominar.

Una hora después, cuando la clínica se sumió en un silencio absoluto, Lisa se levantó. Su herida aún dolía, pero el dolor era un viejo amigo. Se vistió con la bata de la clínica y se escabulló por los pasillos vacios, sus pies descalzos no hacían ruido alguno contra el suelo de mármol.

La sala de registros estaba cerrada, pero los cerrojos de estas clínicas privadas eran una broma para alguien con sus habilidades. Dentro de minutos, tenía acceso a los archivos de Alicia. Nombres, fechas, conexiones familiares. El árbol genealógico de los Vitolli se desplegó ante sus ojos como un mapa de su venganza.

Mark Vitolli. Heredero de la fortuna. Casado alguna vez con Alicia. Infiel. Controlador. Perfecto.

Pero había otro nombre que le llamó la atención. Un nombre que aparecía en múltiples documentos médicos con notas confidenciales.

Lucas.

Lisa cerró los archivos y regresó a su habitación con una sonrisa fría en los labios. Su plan inicial de desaparecer silenciosamente había cambiado. Los Vitolli tenían demasiado para perder, y ella... ella tenía todo para ganar.

Cuando volvió a meterse en su cama, Alicia despertó en la cama adyacente, parpadeando en la oscuridad.

—¿Lisa? —susurró—. ¿Estás bien?

—Perfectamente —respondió desde el otro lado, su voz dulce como la miel—. Solo necesitaba un poco de agua.

Alicia no preguntó más. Confió. Y en ese momento, Lisa supo que el juego había comenzado de verdad.

No era venganza lo que sentía ahora. Era la sensación de un depredador que acababa de descubrir el olor de su presa y ella era excelente en la caza.

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