Mundo ficciónIniciar sesiónLas sábanas de la clínica eran ásperas comparadas con la seda que Lisa recordaba. No que quisiera recordar. Aquella vida —la de Melissa Hart— había muerto en el río con Gerald intentando ahogarla.
Lisa despertó sudorosa a las 3:47 de la madrugada. Su corazón acelerado latía como si hubiera estado corriendo. El sueño había sido tan vívido, tan real que sus dedos aún temblaban.
Un hombre en la sombra. Alto con el rostro difuminado pero intenso. Sus ojos... No, no podía verlos claramente. Pero sentía su mirada. Sentía sus manos sobre su piel, recorriéndola como si quisiera memorizarla. Una voz ronca susurrando su nombre. No Lisa. No Melissa. Solo... ella.
Se levantó silenciosamente, cuidando de no despertar a Alicia. La habitación estaba en penumbras, iluminada apenas por las luces nocturnas que se filtraban desde la ventana. Se acercó al espejo del baño y observó su reflejo: ojos de hielo, labios rojos, cuerpo frágil que escondía un depredador.
¿Quién era ese hombre en sus sueños?
Una pregunta peligrosa. Las emociones eran lujos que no podía permitirse.
A la mañana siguiente, Alicia lucía radiante a pesar del cansancio evidente en las ojeras bajo sus ojos. Desayunaron juntas, como se había convertido en costumbre.
—¿Dormiste bien? —preguntó Alicia, sorbiendo té con miel.
Lisa sonrió, la sonrisa frágil y calculada que había perfeccionado.
—Sueños extraños. Nada importante —mintió con fluidez—. Oye, ¿me hablas más de los Vitolli? Sobre tu ex esposo.
Alicia bajó la taza lentamente, estudiando a Lisa con esa dulzura que la caracterizaba.
—¿Por qué tanto interés?
—Solo curiosidad. Me gusta conocer más sobre ti. Sobre tu vida.
Era pura manipulación. Necesitaba información, necesitaba mapas de poder, conexiones. Pero funcionó. Alicia siempre caía.
—Mark es complejo —comenzó Alicia, mirando por la ventana—. Arrogante, ambicioso. Pero los Vitolli... hay algo oscuro en esa familia. Negocios que no son del todo legales, gente que desaparece de sus vidas sin explicación.
Lisa procesó cada palabra. Sus dedos acariciaban el borde de la taza, las uñas perfectamente manicuradas ocultando la depredadora que las llevaba.
—¿Y Anderson? ¿Cómo encaja en todo esto?
—Anderson es diferente —la voz de Alicia cambió, se suavizó—. Él es... limpio. Puro. No está conectado con los Vitolli, gracias a Dios. A veces pienso que es demasiado bueno para mí.
Lisa sintió algo extraño en el pecho. ¿Envidia? ¿Compasión? Sofocó ambas emociones. Alicia tendría que ser sacrificada eventualmente. El amor verdadero que ella describía era una debilidad, una vulnerabilidad que podría explotar.
Esa noche, Lisa no pudo evitar dormir. El agotamiento mental la venció después de horas escaneando documentos médicos que había fotografiado de la sala de registros.
El sueño volvió.
Esta vez, la habitación era diferente. Lujosa. Una suite en algún hotel cinco estrellas. Cortinas de seda negra, una cama enorme donde él la tenía acorralada contra el cabecero.
—¿Quién eres? —preguntó ella en el sueño, pero su voz no era suya. Era más fuerte, más segura.
El hombre rió, un sonido grave y peligroso que vibraba contra su cuello.
—Alguien que sabe exactamente qué eres. Alguien que puede verte realmente. —Sus manos bajaron por sus costillas, trazando cicatrices que Lisa aún no tenía en la realidad—. Cada marca te hace más hermosa, ¿sabes? Cada cicatriz cuenta una historia de supervivencia.
Sus labios encontraron los suyos. El beso no era delicado ni dulce. Era posesivo, exigente, como si quisiera devorarla desde adentro. Lisa sintió cómo su cuerpo respondía, cómo sus dedos se hundían en los hombros musculosos de este desconocido, cómo gemía su nombre contra su boca.
—Despierta, Lisa. Despierta y búscame.
Lisa se levantó de golpe, jadeando.
Alicia dormía profundamente en la cama contigua, ajena al despertar violento de su compañera.
Fueron las 4:13 de la madrugada según el reloj de pared. Lisa se llevó la mano al pecho, sintiendo cómo latía su corazón de forma acelerada. Mojada. Estaba mojada. Excitada.
¿Qué demonios pasaba con ella?
Se duchó con agua fría, intentando deshacerse de la sensación de las manos imaginarias sobre su piel. Pero el fantasma no se iba. Solo se intensificaba.
Al mediodía, Anderson llegó sin previo aviso. Lisa estaba en el pasillo, fingiendo caminar con dificultad, cuando lo vio entrar. Sus ojos azules la escanearon con esa mirada depredadora que la hacía mantener las distancias.
—Lisa —saludó con su voz de autoridad—. Me alegra verte mejorando.
—Anderson —respondió ella, inclinando la cabeza levemente—. Alicia está descansando. Los tratamientos la agotan.
Él asintió, pero sus ojos nunca se apartaron de ella.
—¿Tú qué tal? ¿Cómo va tu recuperación?
Era una pregunta simple, pero Lisa sintió el peso detrás de ella. Anderson sospechaba. Podía verlo en la forma en que sus mandíbulas se tensaban, en cómo sus manos se abrían y cerraban.
—Mejorando cada día —respondió ella con su sonrisa frágil—. Aunque tengo momentos de confusión. A veces sueño cosas que no son reales. Personas que no conozco.
La expresión de Anderson cambió. No era exactamente sorpresa. Era algo más. ¿Interés? ¿Reconocimiento?
—Los sueños pueden ser reveladores —murmuró—. A veces nuestro inconsciente sabe cosas que nuestra mente consciente no puede procesar.
Luego se alejó, dejando a Lisa con más preguntas que respuestas.
Esa noche, mientras Alicia dormía y la clínica se sumía en el silencio, Lisa se permitió un momento de debilidad.
Se sentó ante la ventana, observando las luces de la ciudad. Extendió su mano e imaginó que era él quien la sostenía. Ese hombre del sueño. Ese desconocido que parecía verla sin su máscara.
¿Quién era?
Y más peligroso aún: ¿dónde podría encontrarlo?
Lisa Grimt no buscaba amor. No creía en él. Pero había algo en esos sueños, algo en la forma en que ese hombre la tocaba, la miraba, la deseaba... Que la hacía sentir viva de una manera que la venganza no lograba.
Era peligroso.
Adictivo.
Necesario.
Se tocó los labios, recordando el sabor del beso de su sueño, sintiendo cómo el calor volvía a recorrer su cuerpo. Anderson era un depredador controlado. Lucas era un médico calculador. Mark era un hombre destruido.
Pero ese hombre en sus sueños...
Ese hombre era algo completamente diferente. Algo que aún no podía definir pero que la asustaba y seducía a partes iguales.
Y contra toda lógica, Lisa supo una cosa con certeza: lo buscaría. Aunque no supiera por qué.







