Mundo ficciónIniciar sesiónLa mañana siguiente amaneció en un silencio que Lisa sabía cómo usar a su favor. Alicia dormía profundamente en la cama de al lado, sus manos reposaban sobre su vientre embarazado, protegiendo al hijo que aún no conocía. Lisa observó a su compañera durante unos segundos, sintiendo una punzada de algo que casi podría confundir con culpa, pero rápidamente lo apartó. La culpa era un lujo que no se podía permitir.
Se incorporó lentamente, cuidando cada movimiento. La herida en su costado aún ardía, pero había aprendido a convivir con el dolor. De hecho, lo necesitaba. Era un recordatorio constante de lo que Gerald le había hecho, y eso mantenía su mente enfocada.
Alicia se removió en la cama, entreabriendo los ojos.
—¿Ya estás despierta? —preguntó con esa dulzura que caracterizaba cada una de sus palabras.
—No podía dormir —respondió Lisa con su sonrisa frágil perfectamente calibrada—. Pensaba en todo lo que me compartiste ayer.
Alicia se incorporó, acomodando el cabello detrás de su oreja. Lucía pálida, pero sus ojos brillaban con una esperanza que Lisa aún no entendía cómo era posible que mantuviera, dado su diagnóstico.
—¿Sobre los Vitolli? —preguntó Alicia, aunque parecía más una afirmación.
Lisa asintió, acercándose a su cama con pasos cuidados. Se sentó en el borde, manteniendo una distancia que parecía preocupada pero inofensiva.
—Dijiste que tu ex esposo maneja negocios importantes, ¿verdad?
—Sí. Mark siempre fue ambicioso, demasiado ambicioso a veces —respondió Alicia, mirando por la ventana hacia la ciudad que se extendía más allá de los cristales—. La familia Vitolli es de las más influyentes aquí. Moda, bienes raíces, inversiones... todo.
Lisa procesó la información, almacenándola como piezas de un rompecabezas que apenas comenzaba a armar. Pero necesitaba más. Necesitaba nombres, conexiones, vulnerabilidades.
—¿Y Anderson? —preguntó con cuidado, fingiendo curiosidad casual—. Él vino ayer, ¿no es verdad? Parece... importante.
Alicia sonrió, y por primera vez desde que habían hablado, Lisa vio genuina felicidad en su rostro.
—Anderson es... es mi salvación, Lisa. Cuando todo se derrumbó, cuando creí que no tendría a nadie, él apareció. —Su voz se volvió más suave, casi íntima—. No merece lo que la vida le ha dado, pero es el hombre más extraordinario que he conocido.
Lisa observó cada detalle de la expresión de Alicia. El brillo en sus ojos, la forma en que su voz cambiaba cuando pronunciaba su nombre. Aquello era amor. Amor verdadero, del tipo que Lisa nunca había experimentado, del tipo que la enfermedad no podía destruir.
Sintió algo extraño en su pecho. Una necesidad de proteger a esta mujer a la que apenas conocía. Pero no. No podía permitirse eso.
—Debe ser maravilloso tener a alguien como él —murmuró Lisa.
La puerta se abrió antes de que Alicia pudiera responder. Una enfermera entró con las bandejas del desayuno, dejando un olor a café y pan tostado que llenó la habitación. Lisa aprovechó el momento para ponerse de pie y caminar hacia la ventana, colocándose en una posición donde la luz matinal atravesara su perfil de manera que pareciera vulnerable y necesitada de compasión.
Era un truco viejo, pero funcionaba.
Cuando la enfermera se fue, Alicia la invitó a desayunar juntas. Lisa se acercó, pero su atención fue capturada por algo en la ventana: un reflejo de abajo en la calle. Un hombre alto, de cabello oscuro, caminaba cerca de la entrada de la clínica. Su postura, su forma de moverse... había algo en él que le resultaba familiar.
—¿Pasa algo? —preguntó Alicia, notando su cambio de expresión.
Lisa parpadeó, regresando su atención.
—No, solo un momento de vértigo —mintió suavemente—. Aún estoy acostumbrándome a estar despierta.
Comieron en silencio durante unos minutos. Luego, Lisa decidió lanzar el anzuelo.
—Alicia, ¿tú crees que una persona puede cambiar? ¿De verdad?
Su compañera bajó su taza de café, pensativa.
—¿Tú qué crees?
—Creo que cualquiera puede transformarse si tiene una razón lo suficientemente fuerte —respondió Lisa, manteniendo sus ojos fijos en los de Alicia—. Si alguien le ha hecho daño, si alguien la ha destruido... creo que nace un instinto de supervivencia que puede convertirte en algo completamente diferente.
Alicia la miró con una intensidad que Lisa no esperaba. Por un momento, su compañera pareció ver más allá de la fachada, como si pudiera atisbar el fuego que ardía bajo esa piel de vidrio frágil.
—Yo también lo creo —dijo Alicia finalmente—. He vivido lo suficiente para saber que el dolor puede destruir o transformar. Depende de cómo lo uses.
El resto del día transcurrió con una rutina que Lisa capitalizó estratégicamente. Mientras Alicia recibía su tratamiento en otra ala de la clínica, Lisa exploró los pasillos con la paciencia de un depredador acechando. Sabía exactamente dónde estaban los registros, dónde estaban las oficinas administrativas.
Por la tarde, cuando el personal comenzó a cambiar de turno, Lisa hizo su movimiento.
Entró en la oficina de registros —que sorprendentemente estaba sin vigilancia— y localizó el archivo de los Vitolli. Dentro encontró más de lo que esperaba: documentos, contactos, números de teléfono. Su mano tembló ligeramente mientras fotografiaba cada página con su teléfono. Había conseguido un móvil prestado de una paciente sin que nadie lo supiera. La tecnología era un arte que dominaba perfectamente.
Cuando regresó a la habitación, Alicia estaba descansando. Lisa se permitió un momento de pura satisfacción, mirándose en el espejo del baño. El reflejo que devolvía era el de una mujer dañada, frágil, necesitada de ayuda. Perfecto.
Esa noche, después de que las luces se apagaran y Alicia entrara en un sueño profundo, Lisa se acercó a su cama. Observó a su compañera durante largo rato. Alicia no merecía lo que vendría. Era buena, era pura, era todo lo que Lisa nunca podría ser.
Pero Melissa Hart estaba muerta. Y Lisa Grimt no tenía lugar en su corazón para la compasión.







