El monitor cardíaco de Alicia emitía un pitido constante, un recordatorio metálico de que la vida pendía de un hilo de quimioterapia y voluntad. Lisa, sentada en la cama de al lado, observaba sus propias manos. Estaban pálidas, con las marcas de las vías intravenosas aún frescas, pero ya no temblaban.El sueño con Anderson y el hombre de los ojos azules que la perseguía en sus delirios, se sentían peligrosamente real.—Te mueves mucho cuando duermes —la voz de Alicia, aunque débil, cortó el silencio—. A veces susurras nombres.Lisa se tensó. Giró la cabeza para encontrar los ojos de Alicia. La mujer que le había tendido la mano en la clínica experimental era una extraña, pero compartían el mismo aire de tragedia.—Son solo fantasmas, Alicia. El río está lleno de ellos —respondió Lisa con voz gélida.Alicia dejó el libro que intentaba leer sobre su regazo, justo encima de su vientre, donde la vida se aferraba a pesar de la leucemia.—Llevas tres semanas despierta y todavía no has pregu
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