Andrea me ayudó a vestirme como si fuera una niña enferma: unos jeans limpios, blusa clara y una chaqueta que me quedaba un poco grande. Nada de colores fuertes, nada que atrajera miradas. Yo temblaba tanto que los botones se me escapaban de los dedos.
—Tranquila, Laurita —me dijo ella, sujetándome la mano—. No estás sola.
Quise creerlo, pero la sensación era la misma que cuando doña Emilia se desplomó en la escalera y no pude hacer algo para ayudarla, ese nefasto día que cambió mi vida para si