Abrí los ojos lentamente. Por un instante, la luz colada desde la ventana ofuscó mi visión. Sin embargo, un murmullo de risas suaves me sacó del sopor. Parpadeé y lo vi.
Un niño pequeño, de no más de tres años, estaba de pie junto a la cama, con el cabello castaño alborotado y unos ojos grandes que brillaban de picardía. Inflaba los labios, formando una boquita de pato exagerada, y luego estallaba en una risita clara que me atravesó como un relámpago.
El corazón me dio un vuelco.
Por un momento