Carlos
—Ay… ¡Ah!
Los gemidos de mi hermana me guiaron al salón desde que Manuel me recibió en la puerta. No dijo nada, pero su mirada se quedó un segundo más de lo habitual en la mía. Algo entre advertencia y pudor. Apreté el paso.
—Hay sonidos que uno aprende a reconocer con la edad —comenté desde el umbral—. Y otros que, francamente, preferiría no clasificar.
Sin embargo, la escena no coincidía con mi expectativa.
La tía Elena bordaba una imagen del Sagrado Corazón con la paciencia de quien