Armyn no dudó ni un segundo cuando tomó la decisión. Dejó a su propio beta al mando, rodeado por un ejército completo, con órdenes claras y una amenaza que no admitía interpretaciones.
—Deben cuidarlos —dijo con la voz baja, pero cargada de una furia contenida que helaba la sangre—. Si algo les pasa… juro que los mataré a todos.
No era una advertencia vacía. Era una promesa.
El beta la miró a los ojos, consciente del peso de esas palabras, y asintió con solemnidad. Sabía que Armyn no hablaba des