Dyamon yacía en el suelo, con el cuerpo cubierto de heridas abiertas y la respiración rota, irregular, como si cada bocanada de aire le costara una vida entera.
La tierra bajo él estaba empapada de sangre y ceniza, mezcladas en un barro espeso que se adhería a su piel y a su pelaje.
El aire olía a hierro, a fuego apagado, a muerte reciente. Cada sonido del campo de batalla llegaba amortiguado a sus oídos, como si el mundo se estuviera alejando lentamente.
Sobre su figura caída, Varik se alzaba