El aire en la fortaleza de la Manada Hibrimorfa estaba saturado con el olor ferroso de la sangre y el hedor rancio del poder corrupto. Valrik, con los ojos inyectados en una ambición que ya no tenía rastro de humanidad, avanzó hacia el pequeño cachorro.
En su mente retorcida, la sangre de ese infante era la llave para consolidar un imperio de terror.
Estaba dispuesto a hundir sus garras en la inocencia con tal de recuperar el trono que el destino le había negado.
Pero el destino tiene garras má