La curandera irrumpió en la habitación con pasos apresurados, casi torpes, como si el peso de la noticia que llevaba amenazara con doblarle el cuerpo. El aire pareció volverse espeso, denso, cargado de presagios. Cada uno de sus movimientos alteraba el silencio solemne del lugar, y sus manos, ligeramente temblorosas, delataban la importancia —y el peligro— de lo que estaba a punto de revelar.
—¡Alfa! —exclamó con urgencia, deteniéndose frente a él—. ¡Tengo algo muy importante que contarle!
Alfa