Mahina dormía, pero su descanso estaba lejos de ser apacible.
Su cuerpo yacía inmóvil entre las pieles suaves de la cabaña, respirando con una cadencia tranquila que contrastaba con el caos que se agitaba en su mente.
Por fuera parecía en calma; por dentro, era arrastrada sin piedad a un territorio oscuro, fragmentado, donde los sueños no ofrecían refugio ni consuelo, sino advertencias crueles, presagios que se clavaban como espinas en el alma.
Las imágenes llegaban rotas, inconexas, violentas,