El día de la gala había llegado, y el penthouse estaba envuelto en una atmósfera de anticipación y nerviosismo. El sol se había escondido detrás de los edificios, y la ciudad se iluminaba con un manto de luces que prometía una noche inolvidable. Joaquín estaba en la sala, ajustándose los puños de su traje negro impecable, de corte italiano, que acentuaba la amplitud de sus hombros y la firmeza de su mandíbula. La camisa blanca, sin corbata, dejaba ver sus dos botones superiores abiertos, revela