Tres días habían pasado desde la llamada enmascarada. Joaquín había organizado todo en secreto, moviendo las piezas como un maestro del ajedrez que ya ha visto el final de la partida. La pista privada estaba lista, los autos preparados, y cada detalle calculado con precisión quirúrgica para que su hermano mordiera el anzuelo sin sospechar nada. Sabía que esta carrera no era solo una competencia de velocidad; era el primer movimiento de una jugada mucho más grande, una jugada que terminaría con