El auto de Sebastián se deslizaba por la carretera vacía mientras la euforia le recorría el cuerpo como un torrente de electricidad. Las manos aún le temblaban sobre el volante, pero no era por el miedo de la carrera que acababa de perder. Era por la emoción de lo que había logrado. Había conseguido lo imposible: había convencido a "El Fantasma" de trabajar con él. El corredor más famoso, más esquivo, más legendario de todos los tiempos, había aceptado su oferta. Y eso significaba que, finalmen