El sol comenzaba a descender en el horizonte, pintando el cielo de tonos naranjas, rosados y violetas. El mar se teñía de oro líquido. Las palmeras se mecían con la brisa cálida de la tarde. El día había sido perfecto, de esos que se guardan en la memoria para siempre.
Mara y Joaquín caminaban por la orilla, descalzos, con los pies hundiéndose en la arena blanca y fina. El agua les lamía los tobillos con cada ola. El sonido era hipnótico, casi musical.
Ella llevaba el vestido blanco de algodón