El sol de la mañana en las Maldivas era distinto a cualquier otro. No quemaba como en la ciudad. Acariciaba. Entraba por los poros como una caricia cálida, invitando a la calma, al descanso, a olvidar por un momento todo lo que quedaba atrás.
Mara y Joaquín desayunaron en la terraza de su villa. Frutas frescas. Jugos naturales. Una bandeja de huevos benedictinos que parecían una obra de arte. El mar frente a ellos, en calma, reflejando el cielo como un espejo infinito.
—¿Qué quieres hacer hoy?