El sacerdote alzó las manos sobre la cabeza de Joaquín y Mara. La luz de los vitrales caía sobre ellos como un manto sagrado. El silencio en la iglesia era tan profundo que se podía escuchar el latido de los corazones. Los invitados contenían la respiración. Las cámaras de los fotógrafos disparaban en ráfagas, capturando cada segundo, cada gesto, cada emoción.
—Declaro marido y mujer —dijo el sacerdote, con voz solemne que resonó en cada rincón de la capilla—. Puede besar a la novia.
Joaquín si