La luz de la mañana seguía entrando por la ventana de la habitación del abuelo Félix, iluminando el rostro de Maritza, que aún tenía las mejillas húmedas por las lágrimas. Pero ya no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de alivio, de esperanza, de saber que no estaba sola. Cada lágrima que caía era una liberación, como si estuviera dejando atrás años de dolor y silencio, años de sumisión y de miedo. El abuelo Félix la miraba con una sonrisa serena, como si el tiempo se hubiera detenido solo