La luz de la mañana entraba por los ventanales del penthouse. Mara abrió los ojos lentamente. Parpadeó. El techo alto, las vigas de madera, la lámpara de diseño. Todo estaba igual. Pero algo faltaba.
El silencio.
No había ruido de tazas en la cocina. No había olor a café recién hecho. No había pasos de Joaquín caminando descalzo por el pasillo.
Mara se incorporó. Se puso la bata blanca que había dejado la noche anterior sobre la silla. Salió de su habitación.
—¿Joaquín? —llamó, con voz aún dorm