La cena había terminado. Los invitados comenzaban a despedirse. Las luces de la mansión Rivas brillaban tenues en la noche. El eco de las copas y los cubiertos ya se había apagado.
Mara caminaba hacia la salida del brazo de Joaquín. Él seguía con su chaqueta de cuero negra, las mangas de la camisa blanca dobladas hasta los antebrazos. Ella aún sentía el calor de su mano en la suya. El beso aún ardía en sus labios.
Sebastián los alcanzó en el vestíbulo. Su traje gris perfecto, su cabello perfect