La fiesta continuaba en su punto más álgido, como una sinfonía de luces, risas y elegancia que envolvía cada rincón de la mansión Hidalgo. Los invitados se movían entre las mesas decoradas con flores exóticas y centros de mesa de cristal, mientras los sirvientes ofrecían bandejas de champán y canapés. La orquesta tocaba melodías suaves que flotaban en el aire como susurros de seda. Pero el centro de atención era Maritza, que brillaba con una luz propia, como una estrella que había estado oculta