85.

Ni siquiera me di cuenta en qué momento me había puesto de pie. Había comenzado a caminar por la sala. Todos me observaban. El mono blanco que me habían obligado a poner comenzaba a picarme en la espalda, y la atención que se había acumulado en mis hombros no hacía más que hacerme sentir inútil y confundida.

— ¿Yo? — dije con desprecio — . ¿Yo, que ni siquiera soy capaz de tener un sueño normal sin congelar mi habitación y destruir la ciudad? Es imposible. ¿Cómo voy a destruir a un ser de san
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