7.
Los fuertes brazos del Alfa y otros hombres me sostuvieron para que no cayera al suelo. Luego me enderezó firmemente y me dijo:
—No tienes que bajar la cabeza ante nadie.
—Pero... —murmuré— me están acusando de matar a mi padre.
—Ese hombre no era tu padre —me dijo con severidad, pero no estaba enojado—. Tu padre soy yo. Es mi sangre la que corre por tus venas. Y aunque fue ese hombre el que te crió, tampoco se comportó como un padre ejemplar.
Pero eso tenía razón. Mi padre nunca se había compo