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Supe que tenía el pleito ganado cuando el ridículo de Alexander comenzó a enumerar todas las fallas en las que yo había caído desde que comencé a liderar la manada, comparándolas con el libro de las reglas de Luna Azul. Eran tan patéticas, tan ridículas, tan tristemente rebuscadas, que lo único que hizo fue que, en vez de que mi rabia aumentara, sucediera todo lo contrario: me relajé, al punto de que incluso bostecé un par de veces y me reí ante alguna de las acusaciones más pendejas que habían