34.
— Vampiros... — murmuré mientras metía la punta metalizada de la pluma en la vela. — ¿Estás seguro de eso? — le pregunté a mi amigo.
Ángel asintió mientras me arrebataba la pluma de la mano para que no la arruinara con el fuego. Se llenó los dedos de saliva y cuando presionó en la punta, se escuchó el sonido irritante de líquido al ser evaporado. — Claro que sí. Tú nunca fuiste muy bueno con la telepatía. —
— Sigo siendo mejor que el 99% de los lobos de esta manada. —
— Sí, pero yo soy