105.
Eran los brazos de Ismael los que estaban ahí para consolarme. En cuanto el grito salió de mi garganta, pude sentirlos fuerte en mi costado, ayudándome a levantar.
— Todo está bien. Está bien, te lo prometo. Estás a salvo — se subió a la cama y me cargó con fuerza, apretándome contra su pecho como si fuese una bebé inconsolable.
Las lágrimas me quemaban los ojos, empapándome los pómulos. Me limpié con dos fuertes manotadas. Ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado dormida. Para mí, habían