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Podía sentirlo profunda en mi interior, pero ya no como una sensación dolorosa en mi pecho. Era, más bien, como un profundo entendimiento. Estaba acostada en la cama que me habían dado dentro de la montaña, con mi mejilla recostada en el fuerte pecho de Mael, percibiendo el fuerte latido de su corazón.
Trabajaba con mi mano en el aire, creaba figuras extrañas con el vapor que salía de las puntas de mis dedos: copos de nieve, la flor que había visto en la aldea de la gente del bosque, cualquier