Adrián llamó a su asistente apenas llegó a la oficina.
No se quitó el saco ni abrió la computadora. Dejó los documentos del divorcio sobre el escritorio y permaneció de pie, con el teléfono en la mano, esperando que ella entrara.
—Necesito que encuentres la dirección de Victoria —dijo en cuanto la vio.
La asistente se detuvo frente al escritorio.
—¿La señora Montenegro?
Adrián tensó la mandíbula.
—Sí.
Ella dudó antes de responder.
—Puedo revisar los registros disponibles, pero no sé si será sen