Los días en Londres no curaban del todo a Victoria, pero comenzaron a devolverle algo que había perdido sin darse cuenta: el silencio sin culpa.
En casa de sus abuelos, nadie le preguntaba cada mañana qué pensaba hacer con Adrián, nadie mencionaba el divorcio como una urgencia ni intentaba convencerla de tomar una decisión antes de estar lista. Su abuela preparaba té por las tardes y dejaba una manta sobre el respaldo del sofá sin decir nada, mientras su abuelo le compraba el periódico cada mañ