Vestía abrigo, llevaba una pequeña maleta de mano y tenía esa expresión de sorpresa perfectamente medida que, en otra época, quizá ella habría creído sin dudar.
—Victoria —dijo él, como si encontrarla allí fuera una coincidencia imposible—. No puedo creerlo.
Ella tomó el cuaderno de su mano y lo apretó contra su pecho.
—Daniel.
Él sonrió apenas, con una calidez prudente.
—Vine a Londres por asuntos familiares y necesitaba resolver algunas cosas. No esperaba verte.
Victoria sostuvo su mirada. La