—Ahora sí —dijo ella, bajando la voz—. Respóndeme con claridad. ¿Me estabas siguiendo?
El rostro de Daniel cambió, aunque no de forma dramática. Fue apenas una variación en la tensión de su mandíbula y en la manera en que sostuvo la mirada, solo lo suficiente para que algo parecido a tristeza apareciera en su expresión.
—No.
Victoria no apartó la mirada. Necesitaba una respuesta que no dejara espacio para nuevas dudas, porque desde que había llegado a Londres se obligaba a desconfiar incluso de